Me hierve la sangre

Madrid, 30 de abril de 2011. José Antonio Osorio Rodríguez, redaccion opiniondigital.es, joseantonio@opiniondigital.es

    

Carta a los que hoy han pasado el día de boda televisivaA ellos especialmente se la dirijo, y les reclamo su responsabilidad.

Hace un rato leí una publicación en mi muro de Facebook que me ha tocado en lo más hondo. ¡Gracias Lecabela!. En esa publicación hacía referencia a la noticia cuyo enlace es el siguiente:

La crisis alimentaria lleva a 44 millones de personas a la pobreza en apenas medio año 

Sentí ira contra una situación que no debemos seguir consintiendo y creo que a veces nos equivocamos al pensar que todo lo que sucede es obra de unos pocos individuos sin escrúpulos, y no es así. ¡Es obra de muchos!.

Leyendo la noticia a la que hace referencia el enlace, reconozco que no puedo evitar que me hierva la sangre. ¿Por qué me hierve la sangre? Pues porque soy humano, porque me duele y me indigna observar que existe no sólo esa gente a la que con gran precisión aludes “vergonzantes millonarios, señoras intentando llenar su vida con actividades ociosas… politicuchos insensibles, etc.”. 

Existe una clase aún peor que esa o la de los depravados que se lucran especulando con el pan ajeno, que ya son reos de crímenes de lesa humanidad. Es la clase de los que no son nada, ni siquiera por no ser nada, ni malvados son. Solo son cáscaras vacías con la nada por entrañas.

Son los que caminan no con nosotros sino entre nosotros como entes ajenos a la humanidad, la cual se rebela contra el hambre y el dolor de su hermano. Son como cascarones de alguien ya muerto que no siente ni padece por nada.

Individuos que viven vidas indignas de ser vividas, desperdiciadas ante un televisor y pegados al sillón como una lapa a una roca en el mar, que  es su hábitat y todo su mundo. Individuos que se extasían viendo cualquier banalidad y son capaces de contemplar las mayores tragedias sin inmutarse ni sentir “compasión” o la necesidad de hacer algo para evitarlo.

Estas cáscaras de humanos sin entrañas, huecos y vacíos, aún tienen la osadía de mirarte como si estuvieran ante un loco y condescender, como revelándote un gran secreto, aquello de “no se puede hacer nada”, “la vida es así”, etc. En ese momento sientes que estos entes, aunque parezcan humanos, incluso aunque nacieran en tu propia familia, afortunadamente tienen muy poco que ver contigo.

Sientes que tienes un alma que se compadece y rebela no sólo contra la injusticia sino incluso contra esa apatía fruto de la degeneración espiritual y que viven una vida animal desperdiciando su verdadera naturaleza, que prefieren ignorar, engullendo basura día tras día y acomodados ante ese gran vertedero en formato 16:9 del que no se les puede separar y que es el centro de su existencia.


Estos son los verdaderos culpables, los pasivos, los cascarones de humano, los que con un sueldo de miseria se sientan frente a una pantalla a extasiarse como viven los mismos que les explotan y atan a su miseria, que, para mayor escarnio, les restriegan por sus narices toda su riqueza de forma tan obscena, mientras ellos sonríen bobaliconamente ante el fruto de su propia explotación.

No solamente eso, Lecabela me ha pasado una poesía que parece a medida del asunto y que reproducimos.

Su autor es Agustín Salgado:

A vosotros, los que desde mesas

de conferencias y oscuros despachos

disponéis del alba de los hombres

con apretada ira.


¡Oíd lo que os digo!

¿De qué materia os creéis construidos vosotros

mercachifles de la sangre y la esperanza,

traficantes del llanto sobre el alba?


¡Oídlo vosotros!,

fabricantes de la sucia historia,

mastines de la libertad,

hipotecarios de los sueños,

oscuros carceleros del abrazo.


¡Oíd lo que os digo,

dioses enanos de la tierra!:

¡juntos no valéis lo que la soledad de un llanto!,

de mármol, de granito o de basalto

será el pedestal del monumento.

La lluvia, la brisa y el tiempo,

el humo del tabaco y las palabras

ennegrecen lentamente la piedra.

Sobre la dura corteza amarillecen

los orines de los perros. Y de la historia.


Pero un día todo se cumplirá.

Y será pesado el son y la palabra.

Se medirán los gestos y las formas.

Se contarán las lumbres y los niños

que nunca comprendieron

la tardanza eterna de unos besos.

Una a una nacerán otra vez todas las huellas.

Y las vuestras, hacedores de las sombras,

serán agrupadas en el eterno silencio.


Hasta entonces seguid, insaciables,

construyendo límites.

Continuad, depositarios del olvido,

parcelando la libertad y decidiendo el vuelo.


La materia de la que os pensáis nacidos,

feriantes de la hiel y de la espada,

es tan sólo barro.

Barro, sólo barro y saliva

de Dios cuando escupió sus manos al amasarnos a todos.


A todos con el mismo barro.

José Antonio Osorio Rodríguez

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Publicado en Opinión Digital. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s